Mientras que ambos, el manantial y el estanque-mikvé, purifican, hay una importante diferencia entre ellos.
La mikvé deber contener por lo menos cuarenta seá de agua (aprox. 330 litros) y debe ser agua estanca, recogida dentro del suelo. El agua de mikvé en movimiento no puede purificar; hasta la más pequeña pérdida por una fisura en las paredes de la mikvé convierten a sus aguas en "corrientes" y la descalifican. El manantial -agua que fluye continuamente de su fuente subterránea-, sin embargo, no tiene ninguno de semejantes criterios limitadores: la más diminuta cantidad, aun si está fluyendo libremente, tiene el poder de purificar la más severa de las impurezas.
La lección es clara: Si uno desea lograrlo todo por sus propios medios, fiándose de sus propios sentimientos e intelecto para orientarlo en la senda apropiada, mejor será que esté bien equipado para la tarea. Deberá poseer un mínimo de muchos "litros" de comprensión y fortaleza. Adicionalmente, está muy limitado en cuanto a dónde puede ir: debe estar contenido y medido por "paredes" fuera de sí mismo; pues sin un "control" objetivo, es susceptible a todo tipo de distorsiones. Una mikvé que no se ajusta a estos criterios no solamente fracasa en la tarea de purificar y refinar todo aquello con que entra en contacto, sino que ella misma es vulnerable a la contaminación.
Pero aquel que conserva un nexo inquebrantable con su fuente,
no tiene limitaciones tales. Uno cuya lealtad es exclusivamente a la voluntad
de su Creador, con la negación de todo vestigio de su propio ser,
tiene el poder purificador del manantial. Su intelecto puede no ser el
más profundo, sus talentos pueden ser bastante poco espectaculares,
pero lo poco que tiene puede enfrentar efectivamente la más desafiante
de las tareas. Asimismo, tampoco precisa de paredes contenedoras o "comunidades
cerradas" para salvaguardar su integridad: dondequiera vaya y fluya, tiene
un efecto positivo sobre su entorno y jamás se ve influenciado negativamente
por las imperfecciones de éste. Pues no importa cuán escasos
sean sus recursos, ni a dónde se aventure, se mantendrá firmemente
conectado a su Fuente Suprema.
Si hemos de juzgar por la síntesis final de la Torá acerca de su vida, el acto más grandioso de Moshé fue romper las Dos Tablas del Pacto, inscriptas con los Diez Mandamientos por la Mano misma de Di-s.
En los versículos de cierre de Deuteronomio leemos:
Moshé, el sirviente de Di-s, murió allí, en la tierra de Moav... Y nunca desde entonces se alzó en Israel un profeta como Moshé, a quien Di-s conoció cara a cara; [quien realizó] todas las señales y maravillas que Di-s [lo] envió a ejecutar en la tierra de Egipto... [quien equiparó] aquella poderosa mano, aquellos enormes actos temibles, [y aquello] que Moshé hizo ante los ojos de todo Israel.
Rashi[1], en su comentario a la Torá, interpreta su último versículo de la siguiente manera:
Aquella poderosa mano: "que él recibió en sus manos la Torá, contenida en las Tablas".
Aquellos enormes actos temibles: "los milagros y hazañas que realizó en el 'desierto grande y temible'"[2].
[Aquello] que Moshé hizo ante los ojos de todo Israel: "que su corazón lo envalentonó para romper las Tablas ante sus ojos, como está escrito: '[y tomé las dos Tablas y las arrojé de mis manos] y las rompí ante vuestros ojos'[3].
La opinión de Di-s, entonces, concordó con la suya,
como está escrito: '[...las primeras Tablas,] que rompiste'[4] -
Yo afirmo tu fortaleza por haberlas roto". (La palabra hebrea asher ("que")
también puede leerse como ishur, que significa "concordar" y "loar".
Así, las palabras de Di-s a Moshé, "...las primeras Tablas
que rompiste", pueden entenderse también como: "Yo te afirmo por
haberlas roto" o "Gracias (ieasher kojajá) por haberlas roto"[5]).
De hecho, nuestros Sabios ven la rotura de las Tablas como la fuente de todas las tragedias posteriores de la historia judía: "De no haberse roto las primeras Tablas", declara el Talmud, "ninguna nación hubiera podido subyugar alguna vez al pueblo judío"[6].
Otro indicio de cuán doloroso fue este suceso lo constituye su uso como el prototipo de la congoja y la pérdida: "La muerte de los justos", dicen nuestros Sabios, "Le es tan trágica al Omnipotente como el día en que se rompieron las Tablas"[7].
Y, sin embargo, Di-s avaló la decisión unilateral de Moshé de romper las Tablas. Obviamente, entonces, Moshé tenía justas razones para hacerlo. ¿Pero por qué culmina esto la enumeración de la Torá de sus mayores logros? Con tantas realizaciones positivas en mérito de Moshé, ¿por qué acentuar un suceso tan negativo, por más justificado y necesario que fuera?
El Talmud nos dice que "todo pasa por la conclusión"[8]. Esto significaría que al culminar las alabanzas de Moshé con la mención de haber roto las Tablas, la Torá está implicando que ésta fue su mayor virtud, mayor que el hecho de ser "el sirviente de Di-s" por 120 años; mayor que el hecho de ser el único ser humano con quien Di-s Se comunicó cara a cara, "manifiéstamente[9], no por alegoría"; mayor que las "señales y maravillas" que realizó en Egipto, haciendo nacer una nación y conduciéndola a la libertad; mayor que su poseer "la poderosa mano" que recibió la Torá de Di-s; ¡mayor que su mantener, proteger y gobernar unas 3.000.000 de almas quejumbrosas en "el desierto grande y temible" durante cuarenta años!
Además, las palabras "que Moshé hizo ante los ojos de todo Israel" (que Rashi interpreta como una referencia a la rotura de las Tablas por parte de Moshé) no son solamente las últimas palabras de la Torá sobre Moshé; también son las palabras de cierre de la Torá misma.
¡Esto significa que la Torá llega a su punto más
excelso con el registro de su propia devastación!
El pueblo judío había adorado el Becerro de Oro, violando el pacto con Di-s documentado en las Tablas. Moshé se encontró, así, en la posición de tener que escoger entre la preservación de la Torá o la preservación de Israel, como el Midrash ilustra con la siguiente metáfora:
Había una vez un rey que partió en un viaje distante y dejó a su prometida con sus criadas. A causa de [la promiscuidad de] las criadas, comenzaron a circular rumores acerca de la novia del rey. El rey escuchó acerca de ello y quiso ejecutarla. El tutor de la novia se enteró, por lo que se adelantó y rompió su contrato matrimonial, diciendo: "De decir el rey: 'Mi esposa hizo así y así', le diremos: 'Ella no es tu esposa aún'". El rey investigó posteriormente la cuestión, y se encontró con que nada promiscuo había en el comportamiento de su novia; que sólo las criadas eran corruptas, y se reconcilió con ella. Dijo el tutor de la novia al rey: "Señor, suscribe otro contrato matrimonial, pues el primero fue roto". Le dijo el rey: "Tú lo rompiste, de modo que proporciona tú el papel y yo escribiré sobre él con mi propia mano"... Así, cuando Di-s perdonó [al pueblo judío], dijo a Moshé: "Cincela[10] tú mismo, dos Tablas de piedra [como las primeras, y Yo escribiré sobre estas Tablas lo que estaba sobre las primeras, que tú rompiste]"[11].
Di-s, explica el Midrash, es el rey; Israel, Su novia; el erev rav (la "multitud mixta" que se había unido al pueblo judío en el Exodo y era responsable del Becerro de Oro), sus criadas corruptas; Moshé, su tutor; y la Torá, el contrato de boda.
Cuando Di-s deseó destruir a Israel a causa de su involucración
en la veneración del Becerro de Oro, Moshé destrozó
las Tablas, disolviendo con ello el nexo matrimonial que supuestamente
habían violado y dejando a Di-s sin razones en base a las cuales
castigar la "infidelidad" de Su novia.
Cuando la existencia misma del pueblo judío se ve amenazada, Moshé está dispuesto a romper el contrato matrimonial a fin de salvar a la novia.
Nadie está más hondamente identificado con la Torá que Moshé.
"Recordad la Torá de Moshé, Mi servidor"[12], apela el Profeta Malaji.
¿La Torá de Moshé? ¿No es la Torá de Di-s? Explica el Midrash: porque Moshé dio su vida por la Torá, es llamada con su nombre[13].
Con nadie era más cierto que la rotura de las Tablas se asemeja a "la muerte de los justos" que con Moshé; al destrozar las Tablas, Moshé estaba destruyendo todo lo que él era y abogaba.
Sin embargo, cuando el pueblo judío está en peligro -o incluso lo está una pequeña minoría de éste, corrupta por el elemento marginal del erev rav- Moshé no titubea en romper las Tablas.
Cuando el pueblo judío está en peligro, Moshé no consulta con nadie. Ni siquiera con Di-s.
Cuando Moshé debe escoger entre la Torá e Israel, su devoción a Israel lo supera todo, incluyendo aquello que define la esencia misma de su propio ser: su misión Divina y su relación con el Omnipotente.
De hecho, la rotura de las Tablas por parte de Moshé es el máximo acto de su vida.
En todo lo demás que hizo, actuó por claro mandato de Di-s: Di-s lo instruyó y facultó para sacar a los judíos de Egipto, partir el Mar y transmitir Su sabiduría y voluntad a la humanidad. Siempre era el deseo de Di-s lo que él seguía; aquí, fue "su propia opinión", con la que la opinión Divina posteriormente concordó.
Al romper las Tablas, Moshé estaba actuando por propia iniciativa, en oposición con su misión Divina de entregar la Torá de Di-s al mundo. Al romper las Tablas, Moshé, quien no podía conjeturar que Di-s habría de reemplazar las primeras Tablas con un segundo par, estaba erradicando su propio ser, su mismísima raison d'etre, en aras de su pueblo.
Y Moshé no se fue a un costado para llevar a cabo el más doloroso y potencialmente autodestructivo acto de su vida. Rompió las Tablas "ante los ojos de todo Israel", un hecho que la Torá enfatiza repetidamente, y luego reitera en sus palabras de cierre.
Pues Moshé deseó demostrar a todo Israel, y a todas
las generaciones por venir, el deber de un líder del pueblo judío:
reconocer que "Israel lo precede todo en la mente de Di-s", incluso la
Torá[14]. Estar dispuesto no solamente a sacrificar su vida física
para su rebaño, sino también su alma y esencia espiritual
misma.
Con sus palabras de cierre, la Torá establece que ve su propia existencia como secundaria frente a la existencia del pueblo de Israel.
El Midrash lo dice así:
Dos cosas precedieron a la Creación del mundo por parte de Di-s: la Torá e Israel. Con todo, no sé qué precedió a qué. Pero cuando la Torá declara: 'Habla a los Hijos de Israel...', 'Ordena a los Hijos de Israel...', etc., sé que Israel lo precedió a todo[15].
En otras palabras, dado que el propósito de la Creación del universo por parte de Di-s es que Israel pueda implementar Su voluntad como ésta es planteada en la Torá, tanto los conceptos de "Israel" como de "Torá" preceden al concepto de "mundo" en la "mente" del Creador. Con todo, ¿cuál es la idea más hondamente arraigada dentro de la conciencia Divina: Torá o Israel? ¿Israel existe para que la Torá sea implementada, o la Torá existe para servir al judío en el cumplimiento de su misión y la concreción de su relación con Di-s?
Dice el Midrash: Si la Torá se describe a sí misma como una comunicación a Israel, esto supone el concepto de Israel como anterior al de la Torá. Sin judíos para implementarla, no puede haber una Torá, pues la idea misma de una Torá fue concebida por la mente Divina como una herramienta para facilitar el nexo entre Di-s y Su pueblo.
En consecuencia, cuando la Torá habla de la rotura de las
Tablas, no habla de su propia destrucción, sino, en última
instancia, de su preservación: si la rotura de las Tablas salvó
a Israel de la extinción, entonces también salvó a
la Torá de la extinción, pues el concepto mismo de "Torá"
depende de la existencia de un pueblo judío[16].
Es comprensible: el pueblo judío languidece bajo el látigo egipcio, y el elegido redentor de Di-s se rehúsa a aceptar su misión. No obstante, Moshé discutió con Di-s pidiéndole "envía a quien Tú has de enviar" en vez de enviarme a mí.
¿Por qué se negó Moshé a ir? ¿Era su humildad?
Cierto, la Torá atestigua que "Moshé era el hombre más humilde sobre la faz de la tierra"[19]. Pero seguramente Moshé no era uno que permitiría que su humildad interfiriera con la salvación de sus hermanos.
Nuestros Sabios explican que Moshé sabía que él no merecería llevar a Israel a la Tierra Santa y con ello lograr la redención final y definitiva de su pueblo[20]. Sabía que Israel sería llevado nuevamente a exilio, que sufriría una vez más la opresión física y espiritual del galut. De modo que se negó a ir. No me envíes, suplicó; envía ahora a quien Tú enviarás en el fin de los días. Si ha llegado el momento de la redención de Israel, envía al Mashíaj, a través del cual Tú afectarás la redención completa y eterna[21].
Durante siete días y sus noches Moshé disputó el guión de Di-s para la historia, dispuesto a suscitar la cólera de Di-s sobre sí mismo en aras de su pueblo.
Ni aceptó jamás el decreto de galut.
Después de asumir, por fuerza del mandato Divino, la misión de sacar a Israel de Egipto, se embarcó en una lucha de toda la vida para hacer de ésta la redención absoluta y definitiva.
Hasta el último día de su vida, Moshé imploró a Di-s que le permitiera conducir a Israel a la Tierra Santa, lo que habría radicado a Israel en su tierra, y a Di-s en el seno de Israel, para toda la eternidad[22]; hasta su último día, suscitó el enfado de Di-s con su empeño por producir la redención definitiva.
En las propias palabras de Moshé: "Imploré a Di-s... 'Por favor, déjame cruzar y ver la buena tierra del otro lado del Jordán, la buena montaña (Jerusalén) y el Levanón (el Gran Templo)'. Y Di-s Se enojó conmigo por causa de ustedes... y me dijo: '¡Basta! No Me hables más de este tema...'"[23].
Di-s dijo "¡Basta!", pero Moshé no fue silenciado.
Porque el desafío de Moshé del plan Divino no terminó
con su desaparición de la vida física. El Zohar nos cuenta
que cada alma judía tiene en su núcleo una chispa del alma
de Moshé[24]. De modo que cada judío que conmociona las puertas
del cielo clamando por la redención, continúa la lucha de
Moshé contra el decreto de galut.